Compré mi primer libro en la navidad de 1974. Tenía 10 años y había ido a cantar unos villancicos para pedir el aguinaldo por el barrio junto con unos amigos. Entonces todavía se hacían esas cosas. Saqué 50 pesetas y con ese dinero me fui directamente a la librería y compré El lazarillo de Tormes. Recuerdo que me produjo una gran satisfacción pagar ese librito con mi propio dinero. Casi tanta como me produjo el hecho de leerlo. Era un ‘buen niño’ de la época franquista. Mi mundo era monocromático. Un idioma, un país, una religión…Han pasado muchos años, y el viaje hasta este mundo actual polícromo, donde la abundancia, la diversidad, y el cambio continuo son las características principales ha sido tranquilo pero apasionante.

Una de las claves para esa transición ha sido la pasión por los libros, o mejor dicho, la pasión por la lectura, nuestro superpoder, o al menos uno de ellos. Los libros, demasiados para recordarlos, tendieron puentes a otras culturas, a otros idiomas, a otras religiones, a otras etapas de la historia, a otras formas de entender la sexualidad, la convivencia, el amor, el mismo acto de escribir. Todo se produjo de una forma orgánica, sin planes preestablecidos, amontonando conocimientos, experiencias vicarias, y sobre todo disfrutando muchísimo a lo largo de años y años.

A los 15 años empecé a escribir poesías de amor, y por supuesto sentí vergüenza, mucha vergüenza. Y lo hice a escondidas ¿Qué hacía un adolescente de clase obrera, viviendo con su familia de cinco miembros en un piso de 60 metros cuadrados, en un barrio de clase obrera, en una familia donde la cultura estaba poco menos que denostada, y donde ni siquiera había conciencia de clase, escribiendo poesías? Hace poco escuché a Salman Rushdie (uno de mis autores favoritos) contar que, cuando supo que quería ser escritor, se lo dijo a su padre, y este le contestó ¿Y ahora, qué les voy a decir a mis amigos? Vergüenza de tener un hijo escritor…me sentí totalmente identificado, me hizo mucha gracia. Mi padre quería que fuera ingeniero, o como plan B que me hiciera militar de carrera…en lugar de eso, ya en el bachiller escogí letras, y me hice objetor de conciencia, con lo cual ni siquiera hice la mili como todo el mundo. Vergüenza. Decepción. En mi casa los libros eran muy escasos y los pocos que habían eran los que se cambiaban en el quiosco por unas pocas pesetas. Mi padre leía novelas del oeste y libros de Sven Hassel, mi madre Lorena Harding. Los de Sven Hassel los leí todos, es posible que de ahí provenga mi obsesión por la Segunda Guerra Mundial, los de Lorena Harding también los leí. De Marcial Lafuente Estefanía nunca pude acabar una novela, pero me fascinaban los mapitas que venían en las primeras páginas. Esa fue mi primera educación literaria. Creo que El Lazarillo de Tormes fue la primera novela de verdad que entró en casa.

Me costó décadas resolver el conflicto entre considerar la cultura como algo propio de otras clases sociales, de gente extravagante y ociosa, no propio de trabajadores sin conciencia de clase (y lo resalto porque lo considero un detalle importante), y llegar a integrarla en mi vida como algo no solo valioso, sino imprescindible para el desarrollo personal.

El deseo de escribir siempre estuvo ahí adentro, pugnando por salir, corroyendo las entrañas, pero sin ser capaz de superar por un lado la contradicción a la que hacía mención más arriba, y por otro la sensación de ser incapaz de producir algo digno de ser leído. Busqué mil y una excusas para aplazar lo que al final iba a ser inevitable. Tuvo que llegar un cáncer para sacudirme hasta los tuétanos y hacerme espabilar. No más excusas, no más aplazamientos, no más impotencia. Es ahora o nunca. Mañana puedes estar muerto. Y nada más darme el diagnóstico de ‘libre de enfermedad’ me puse a escribir como un poseso y en dos meses escribí mi primer libro, que para mi gran sorpresa no fue una novela, sino un ensayo. Un hijo más del 15M. Lo pasé a unos cuantos amigos y le dieron el visto bueno. Lo publiqué en autoedición. No tenía fuerzas ni ganas de buscar una editorial interesada. Se publicó, se presentó, se vendió relativamente bien. Había cumplido. La corrosión interna amainó. Por un tiempo. Dos años más tarde, mientras caminaba yo solo por el Camino de Santiago empezó a coger forma una idea. Iba caminando por los campos de Castilla y me venían a la imaginación nombres, situaciones, memorias…no tenía lápiz ni papel, ni nada con qué tomar apuntes. Pero todo iba quedando firmemente establecido en mi cabeza. Así que, cuando volví del viaje me puse a escribir y en un tiempo muy corto, poco más de un mes, surgió Mafia Salud S.A. Una novela corta, en gran parte autobiográfica. Se publicó por capítulos en La Marina Plaza y creo que fue una catarsis, no solo individual, sino también colectiva.

En ese momento de mi vida había una idea que llevaba una década forjándose, cociéndose a fuego muy muy lento en mi cabeza. Una historia no autobiográfica, una historia diferente, de gran envergadura, que entrañaba una serie de dificultades técnicas y morales que durante más de diez años no había sido capaz de resolver ¿Sería capaz de llevarla a cabo algún día…? La respuesta está en Vae Victis.